Comentario de Sergio Martínez
Este film, dirigido
por Danny Boyle y basado en una novela de Irvine Welsh, se estrenó en 1996. Treinta años más tarde, vuelve a la gran
pantalla, quizás para que una nueva generación sea impactada, como lo fue la de
entonces, por el franco y duro retrato que hizo de la subcultura de drogadictos
y marginales en una Escocia de fines de los 80, bajo los efectos de los ajustes
económicos del thatcherismo.
La historia es
narrada por Mark Renton (Ewan McGregor), un drogadicto que vive con sus padres
y frecuenta a otros tres amigos con quienes comparte su adicción y momentos de
solaz, generalmente en alguna taberna, y además gana ocasionalmente dinero
mediante asaltos y otros delitos menores.
La película retrata
de manera muy efectiva ese submundo de la droga y la marginalidad: la pobreza
de los barrios en los que se desenvuelven los protagonistas, la muy básica
alimentación que consumen, comida chatarra en negocios de mala muerte y, especialmente,
el humilde piso que comparten Sick Boy (Johnny Lee Miller) y Allison (Susan
Vidler) junto a su bebé, Dawn. En medio
de la pobreza y la negligencia, la tragedia golpeará duro a Allison, pero no
por ello dejará la droga.
De los cuatro amigos, si se puede llamar así a su relación, Spud (Ewen Bremner) parece ser el menos avispado, y no es de sorprender que, cuando un intento de robo falla, sea detenido junto a Renton, pero es el único que irá a prisión. Por otra parte, las inyecciones de heroína, sin el debido cuidado al usar jeringas compartidas, llevarán a que la tragedia se cierna nuevamente sobre el grupo, esta vez afectando a Tommy (Kevin McKidd), quien contraerá VIH.
El sexo también es un elemento en la vida de estos jóvenes, aunque en una ocasión le juegue una mala pasada a Renton: luego de acostarse con una muchacha a la que conoce en un pub, se da cuenta de que Diane (Kelly Macdonald) en verdad es menor de edad y ahora lo presionará para continuar la relación; si no, lo denunciará ante la policía.
Renton queda,
eventualmente, “bajo custodia” en casa de sus padres tras un episodio de
sobredosis. En ese momento de forzada abstención él sobrellevará diversos
episodios de alucinaciones. En la reclusión de su dormitorio es cuando se da el
único momento de “mirar trenes”—se trata de los que adornan el papel mural de
la habitación. (Sólo hay otro momento en el que los jóvenes circulan por la vía
y ven un tren).
Sin embargo, en
materia de dinero, la oportunidad parece sonreír finalmente cuando, a
instancias de Begbie (Robert Carlyle), un siniestro y muy violento psicópata
que ocasionalmente frecuenta a los jóvenes, se concreta una lucrativa venta de
heroína con un desenlace inesperado. El episodio dará una nueva oportunidad a
Renton, quien, de paso, no olvidará a su amigo Spud.
Treinta años más tarde, Trainspotting mantiene toda su frescura temática, así como esa capacidad de choquear y, a veces, de conmover a la audiencia. Un retrato del submundo de la drogadicción, más relevante que nunca. La recomendamos, aunque advertimos que contiene algunas escenas fuertes.
Duración: 92 min.



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