4.9.13

FESTIVAL DE FILMES DEL MUNDO: FILM POLACO GANA PRIMER PREMIO

El jurado presidido por el director checo Jiri Menzel otorgó el Grand Prix des Amériques a Chce Siez Zyc (Life feels Good/ La vie est belle), el Premio del Jurado fue para A Thousand Times Goodnight de Noruega, en tanto que la película turca Eve Donus Sarmakis 1915 (The Long Way Home/ Le longue chemin à la maison) fue la ganadora en la competencia de primeras obras. Film costarricense Puerto Padre obtuvo el segundo lugar en esta última competencia.
Crónica de Sergio Martínez

En general tanto el público como los críticos que asistieron a la Festival de Filmes del Mundo de Montreal se mostraron satisfechos con la calidad de las películas seleccionadas este año, tanto en las secciones competitivas como en las secciones fuera de concurso, mirada al cine del mundo y documentales. Por cierto es muy probable que las preferencias que uno como crítico pueda tener, no son siempre coincidentes con las del jurado. Nuestra preferencia para el premio principal iba por uno de dos filmes que considerábamos de gran factura: el belga Het Vonnis (The Verdict / Le verdict) del realizador Jan Verheyen; y por otro lado el film estadounidense The Red Robin (Le rouge-gorge) del director Michael Z. Wechsler.
37ª edición del

Al final Verheyen fue reconocido con el premio al mejor director pero su film no fue el galardonado, aunque se trataba de un muy bien logrado thriller judicial con importantes ribetes éticos también: Luc, ingeniero con un brillante porvenir, casado con una hermosa mujer, padre de una chica de 7 años asiste a una fiesta de la compañía para la cual trabaja y en la cual se perfila que sea quien suceda al presidente pronto a retirarse. A la salida, la mujer se baja del auto para comprar pan en una tienda automatizada, al entrar a ella es violentamente asaltada a punto que muere allí mismo, en el intertanto el marido, inquieto por la tardanza de su mujer va hasta la tienda y es también golpeado violentamente por el asaltante, la chica ve esto desde el vehículo, sale de él para ir donde su padre y en ese momento es atropellada por otro coche y muere instantáneamente. Ese es el comienzo del film, Luc, ya recuperado, reconoce al asaltante en el prontuario que le muestra la policía. Se trata de un delincuente habitual y peligroso. El sujeto es arrestado y su defensa la toma una abogada de la defensoría pública ya que como delincuente el tipo no tiene ingresos declarados. Empieza el juicio, pero para sorpresa de todos, por un error de procedimiento—la orden de arresto no fue firmada por el procurador general—el brutal asesino queda en libertad. A partir de ese momento, Luc piensa sólo en una cosa: tomarse revancha del asesino de su mujer e indirecto causante de la muerte de su hija. La mayor parte del film se centra a partir de entonces en el debate judicial y ético ¿hasta dónde puede alguien hacerse justicia por sí mismo?

The Red Robin por su parte es un bien hecho drama que aborda un quiebre en la relación familiar cuando Nathaniel Shellner, un veterano médico psiquiatra, reconocido por su trabajo científico, es confrontado por uno de sus hijos durante una reunión familiar, pues parece tener convincente evidencia de que habría utilizado algunas de las técnicas de control mental, en manipular la mente de sus propios hijos. El hecho que Shellner había trabajado con soldados que venían de Vietnam y luego había llevado su investigación al servicio de la CIA, tienden a ahondar la duda en todos los miembros de la familia. Hay sin embargo un nuevo vuelco que hace las cosas aun más imprevisibles. Shellner en un momento dice una frase que queda resonando: “Un monstruo que quiere a sus hijos y su familia, es de todos modos un monstruo…”

Los dos filmes canadienses en competencia (hubo otro que era co-producción con Francia) no dejaron una marca muy duradera, aunque Marcel Sabourin que hace el rol del padre senil en L’autre maison compartió el premio al mejor actor. De los dos filmes, L’autre maison dirigido por Mathieu Roy es el más rescatable, aunque su final con imágenes que aluden a un cierto misticismo fue innecesario. La maison du pêcheur de Alain Chartrand por su parte aunque bien recibida por cierto público, adolece de una falta de profundidad en el desarrollo de sus personajes. La película se ambienta en 1969, en Percé durante el verano, cuando un grupo de activistas nacionalistas intentan ganar adeptos entre los trabajadores locales. Chartrand sin embargo trata la trama de un modo maniqueo en el cual malos y buenos son presentados de un modo unidimensional. Los “buenos” por cierto son los activistas que al año siguiente protagonizarán un hecho de sangre: el secuestro y posterior asesinato del ministro Pierre Laporte, acción efectuada por el llamado Front de Libération du Québec (FLQ). Aunque los activistas en el film utilizan un lenguaje incendiario, en el fondo no tienen una formación política ni una mayor claridad. La superficialidad del compromiso revolucionario lo retrata muy bien el personaje de una chica universitaria que cuando le preguntan si volverá el año próximo, responde que no sabe porque si bien “la revolución está de moda ahora, no se sabe que estará de moda el año próximo…”
Guillermo Fallas, director de Puerto Padre, Zénit de Plata
(2º premio) en competencia de primeras obras

LA PRESENCIA LATINA
Como en otros años, hubo esta vez una interesante presencia de cine de América Latina así como de España. Dos filmes obtuvieron premios, La distancia más larga de Claudia Pinto Emperador fue votado como el mejor latinoamericano, en tanto que Puerto Padre de Gustavo Fallas obtuvo el segundo premio en la competencia de primeras obras. Workers, el film mexicano de José Luis Valle planteó un interesante paralelo en la vida de dos trabajadores, una la criada en la casa de una vieja dama que al morir deja toda su fortuna a su perra, el otro un aseador salvadoreño que al momento jubilar la compañía para la que trabaja descubre que en realidad él nunca regularizó su situación y como indocumentado no tiene derecho a pensión. Pese a que las historias son interesantes, su tratamiento narrativo no es muy exitoso y la película pudo beneficiarse de un mejor montaje. Tanta agua, un film uruguayo dirigido por Ana Guevara y Leticia Jorge aunque aborda una temática interesante, la de un padre divorciado que trata de conectarse emocionalmente con sus hijos a los cuales saca fuera de Montevideo por el fin de semana, termina siendo tedioso por una excesiva lentitud y deficiente edición.

De Brasil sin embargo vino un film sumamente interesante, A memoria que me contam (Memorias que me cuentan) de Lucia Murat y que se centra en las reflexiones e intercambios que tiene un grupo de revolucionarios de los años 60 que combatieron armadamente contra la dictadura y que ahora se reúnen con motivo de la enfermedad terminal que afecta a una carismática militante de ese tiempo. Haciendo un novedoso contrapunto entre la generación de los viejos militantes y la de los jóvenes hijos o novios de aquellos, el film aborda temas importantes en lo que fue la vida militante de ese tiempo, y por cierto llega a formular aquella pregunta que acosa siempre desde la sombra: ¿valió la pena? Sin duda un muy buen film.

Chile estuvo presente con un film de Esteban Larraín, La pasión de Michelangelo, basado en un real episodio durante la dictadura de Pinochet: el caso de un supuesto vidente, un muchacho de origen campesino que dice tener visiones de la Virgen y que en un momento dado es utilizado por el aparato propagandístico del régimen tanto para distraer la atención de la gente que ya en ese tiempo empezaba a montar protestas contra la dictadura, como para intentar validarse (la Virgen comunicaba que había que apoyar al gobierno militar). Un film que capta bien ese momento histórico y a su vez alude a las ambivalentes relaciones del muchacho con la Iglesia.

Puerto Padre, film costarricense en co-producción con México y dirigido por Guillermo Fallas se adentra también en la problemática social y familiar de un muchacho huérfano que llega a la localidad de Puntarenas en busca de trabajo. Acude donde su padrino, quien se revelará como un personaje con complicadas aristas. Un buen film que augura un buen futuro a su realizador.
 Claudia Pinto Emperador con parte de su equipo,
 al recibir premio como la mejor película latinoamericana
para su film La distancia más larga (Venezuela)


De España hubo un muy buen film en la competencia de primeras obras: Somos gente honrada de Alejandro Marzoa que alude de un modo muy agudo a la actual situación de crisis económica en España y como ella ha afectado a algunos empresarios medianos. Planteado como comedia, dos empresarios prácticamente arruinados que los fines de semana salen a pescar, en una de esas salidas encuentran un paquete flotando en la playa y cuando lo abren descubren que se trata de un cargamento de 10 kilos de cocaína de primera calidad. Después de ciertas dudas, deciden comercializarla, para lo cual ciertamente no tienen experiencia por lo que se asocian a un policía corrupto que dirigirá el trabajo. La mezcla de escenas cómicas y dramáticas de alguna manera retratan también la ambigüedad de la situación en que ambos—tipos honrados después de todo—se hallan.

Otro film español, un tanto inusual, ha sido El efecto K—El montador de Stalin dirigido muy imaginativamente por Valenti Figueres quien hizo también el guión con Helena Sánchez. Se trata de una fantasía creada en torno a un tal Maxime Stransky, a quien se lo presenta como íntimo amigo de Sergei Eisenstein y quien luego de incursionar en el cine se convierte en un agente secreto trabajando para los servicios de inteligencia de la URSS y en tal capacidad desempeñando importantes roles. El film es total ficción, sin embargo en base a referencias a hechos históricos como la crisis del 29, la guerra civil española y el asesinato de Trotsky, el realizador logra provocar una interesante reflexión sobre algo que pudo ocurrir en la misteriosa e imprevisible URSS de Stalin.

LO MEJOR, ESTE SOLO FILM JUSTIFICA EL FESTIVAL
Jiri Menzel, el celebrado director checo que tenía 28 años cuando hizo esa maravilla que fue Trenes rigurosamente vigilados (Oscar al mejor film extranjero en 1966) presidió el jurado del Festival de Filmes del Mundo, pero además trajo un gran regalo a Montreal, su más reciente film, Donšajni (Donjuanes) en el cual bajo el pretexto de hacer una suerte de crónica de los preparativos para montar la ópera Don Giovanni de Mozart por parte de una compañía en una pequeña ciudad checa, hace toda una observación minuciosa del arquetipo del Don Juan, mostrando sus lados simpáticos y de encanto así como los lados negativos de su personalidad y las consecuencias de sus actos. Al mismo tiempo hace una interesante referencia a la actual situación en su país en lo que hace a la atención que las nuevas autoridades y el nuevo sistema dan a la cultura. Este solo film justificaba haber estado en el Festival de Filmes del Mundo, se trató realmente de una obra maestra.

Y LO PEOR…

Aunque como señalamos en general la muestra del Festival de Filmes del Mundo de este año tuvo una mayor calidad que la de años anteriores siempre hay algunas películas que uno queda preguntándose cómo es que llegan a ser seleccionados, incluso uno puede preguntarse cómo es que llegan a hacerse… En nuestra propia evaluación si hemos de apuntar al film más malo de todo el Festival el “galardón” habría que dárselo al italiano L’amore e imperfetto (El amor es imperfecto) y parafraseando el título uno tendría que decir que la película es también imperfecta, más que eso, mal editada y con una historia descabellada. L’amore e imperfetto fue dirigido por Francesca Muci y estuvo en la competencia de primeras obras. Bueno, siendo así ojalá que la signora Muci quede ahí en sus afanes de hacer cine y no nos trate de endilgar una “segunda obra”. El film transcurre en dos períodos de tiempo, el presente y lo que ocurrió ocho años antes a la protagonista Elena, una bien parecida mujer de 35 años que luego de haber sido dejada por su anterior amor, en el presente se halla de pronto en la disyuntiva de dos relaciones muy diferentes, una con un hombre un poco mayor que ella y la otra con una jovencita mimada, neurótica y que era insoportable hasta para sus padres. Cómo Elena puede siquiera verse entregada a esa artificiosa relación lesbiana hace la historia completamente implausible. El montaje es a menudo abrupto y no siempre es fácil seguir la narrativa de por sí enredada. Fue sin duda lo peor del Festival.

Y LOS GANADORES
Gran Premio de las Américas:
Chce Siez Zyc (Life Feels Good / La vie est belle) de Maciej Pieprzyca (Polonia)
Premio Especial del Jurado: A Thousand Times Goodnight de Erik Poppe (Noruega)
Mejor Director: Jan Verheyen por Het Vonnis (The Verdict / Le verdict) de Bélgica
Mejor Actriz: Jördis Trebel por Westen (West) de Alemania
Mejor Actor (compartido): Marcel Sabourin (L’autre maison, Canada) y Peter Plaugborg (The Miracle, Dinamarca)
Mejor Guión: Maksim Panilof y Andrei Osipov por Ivan Son of Amir (Rusia)
Mejor Contribución Artística (compartido): Ask This of Rikyu de Mitsutoshi Tanaka (Japón) y Landes de François-Xavier Vives (Francia)
Premio a la Innovación: Feed Me de Yazhou Yang y Bo Yang (China)
Mejor Cortometraje: Help! De Jean Marboeuf (Francia)
Premio del Jurado: Wolsmelk de Hans Vercauter (Bélgica)
Zénits por las Mejores Primeras Obras
Oro:
Eve donus Sarkamis (The Long Way Home / Le longue chemin à la maison) de Alphan Eseli (Turquía)
Plata: Puerto Padre de Guillermo Fallas (Costa Rica-México)
Bronce: Finsterworld de Frauke Finsterwalder (Alemania)
Premios del público
Film más popular: Chce Siez Zyc (Life Feels Good / La vie est belle) de Maciej Pieprzyca (Polonia)
Film canadiense más popular: L’autre maison de Mathieu Roy
Premio Glauber Rocha para el mejor film latinoamericano: La distancia más larga de Claudia Pinto Emperador (Venezuela)
Mejor documental: Wagnerwahn (Los archivos de Wagner) de Ralf Pleger (Alemania)
Mejor cortometraje canadiense: 30-Love de Richard Stark
Premio de Fipresci (Jurado de la prensa cinematográfica internacional)
Competencia oficial: Westen (West) de Christian Schwochow (Alemania)
Primeras obras: Eve donus sarkamis (The Long Way Home) de Alphan Eseli (Turquía)
Premios del Jurado Ecuménico Chce Siez Zyc (Life Feels Good / La vie est belle) de Maciej Pieprzyca (Polonia)
Menciones especiales: A Thousand Times Goodnight de Erik Poppe (Noruega) y The Ferry de Shi Wei (China).

La 38a edición del Festival de Filmes del Mundo tendrá lugar el próxima año entre el 21 de agosto y el 1º de septiembre.

30.8.13

FESTIVAL DE FILMES DEL MUNDO

LA LANGUE À TERRE: LOS ANGLOS Y LOS INMIGRANTES SON LOS VILLANOS

Comentario de Sergio Martínez 

Despertar polémica es uno de los efectos secundarios del Festival de Filmes del Mundo, junto por cierto al objetivo central de presentar una muestra de cine mundial de buena calidad. En el ánimo de levantar polémica sin duda el film La langue à terre de los realizadores Jean-Pierre Roy y Michel Breton (Canadá, 2013) ha cumplido las expectativas que éstos pudieron haber tenido.

Básicamente, su película se funda en una premisa central: después de casi cuarenta años de haberse dictado la Ley 101 que hizo del francés la lengua oficial de la provincia de Quebec, este idioma hablado por la mayoría de su población se hallaría aun en peligro. Peor aun, diversos factores, desde la acción de los órganos políticos del estado canadiense, pasando por cierta inacción de las propias autoridades provinciales en Quebec, sumado al activismo de algunos en la minoría anglófona y sobre todo la supuesta tendencia de los inmigrantes a sentirse atraídos por el idioma inglés, estarían erosionando el carácter francés de la provincia, especialmente en Montreal. El documental está narrado de un modo convencional, intercalando una gran cantidad de entrevistas con material de archivo y con algún material nuevo principalmente centrado en algunos manifestaciones tanto de grupos pro-separación como anglófonos. El observador medianamente informado sin embargo podrá constatar que la premisa sobre la cual los autores han basado su documental es no sólo cuestionable, sino en realidad contradice los informes de los propios organismos de Quebec que indican que en los últimos años la utilización del francés en todas las esferas de la vida social de la provincia, esto es, lugar de trabajo y espacios públicos de intercambio, ha aumentado.

La premisa sobre la cual los directores levantaron su andamio para denunciar el supuesto peligro en el cual se hallaría la lengua francesa es falsa, refutada por las propias estadísticas oficiales. Para Roy y Breton (y muchos de sus entrevistados) por cierto hay un villano mayor, los anglófonos, pero a ellos agregan otro más: los inmigrantes. En estricto sentido el término “inmigrante” en muchos casos puede ser errado ya que alude a gente que si bien llegó a este país desde otros lugares del globo, ya ha adquirido la ciudadanía canadiense y por tanto sus miembros son ciudadanos, en teoría, con tantos derechos y deberes como los señores Roy y Breton. La langue à terre presenta a los inmigrantes (alófonos, esto es gente cuya lengua materna no es ni el francés ni el inglés, como nosotros los hispanoparlantes) de una manera caricaturesca: lo hace con los italianos que en los años 70 en el barrio de Saint Leonard protagonizaron actos de protestas contra la Ley 101 en relación a cómo ella podía afectar a la educación de sus hijos, así como en otras escenas donde los inmigrantes o étnicos son mostrados: una chica de rasgos orientales por ejemplo en una misma escena donde afiches anunciando productos en inglés son vistos (obviamente al presentar esas escenas juntas se intenta asociar en la mente del espectador una asociación entre inmigrante y lengua inglesa), lo hace también cuando mientras se habla de los supuestos riesgos a la cultura y lengua francesa en Quebec, en la imagen se muestran escenas de mujeres que lucen el velo musulmán. Pasando por alto que—errados o no—los italianos que manifestaron en Saint Leonard tenían todo el derecho a hacerlo, como los que lo hacen en defensa de la lengua francesa, el film se deleita en entregar una visión sesgada y a ratos incluso malintencionada no sólo de los alófonos o inmigrantes, sino incluso de aquellos que siendo separatistas intentaron tender puentes hacia las minorías, como Lucien Bouchard.

 En todo caso es curioso que los realizadores se hayan cuidado en sus diatribas contra los inmigrantes y las minorías étnicas de no apuntar a la comunidad judía, a pesar que quebequenses de ese origen han sido habituales críticos de muchas de las medidas lingüísticas implementadas contra las minorías en la provincia. Ciertamente deben haber temido ser tildados de anti-semitas, aunque entre los entrevistados incluyen a Yves Michaud que hace unos años sí atacó a ese grupo étnico, pero eso sí no tienen problema en lanzarse contra otras minorías como orientales, italianos y musulmanes.

El problema que también trasunta el film, es el incremento en el tipo de demanda que se hace sobre los inmigrantes. En los hechos la inmensa mayoría de los inmigrantes y étnicos en Quebec, hoy habla francés, pero siempre hay quienes quieren levantar la barra aun más: no basta con hablar francés en el trabajo, también hay que hacerlo en los intercambios casuales en la calle y—algunos hasta quieren llegar al extremo—en el hogar. Pero esto es una noción absurda que no toma en cuenta una verdad muy obvia: un alófono, digamos un hispanoparlante, va a hablar francés, sin duda, porque eso le permite trabajar aquí, sobre ello no hay discusión, pero pedirle a ese inmigrante que piense como quebequense francés es pedir algo imposible, más aun es hacer una exigencia que trasgrede derechos humanos fundamentales. Como comunicador trabajando aquí y transmitiendo sus mensajes a gente principalmente hispanoparlante quien escribe estas líneas siempre ha dicho a las familias latinas: por cierto aprendan francés, pero en la casa hablen español con sus hijos, hagan todo lo posible porque los hijos mantengan una funcionalidad en español, y por cierto también estimulen—si es que es necesario porque los jóvenes igual se motivan por la música popular y el Internet—a que sus hijos aprendan inglés porque ello les va a beneficiar posteriormente en conseguir un mejor trabajo. ¿Hay alguien que racionalmente pueda objetar a tal línea de acción? Es aquí donde los realizadores de La langue à terre demuestran total ignorancia de las motivaciones de los inmigrantes al venir aquí. Aquí uno aprende francés porque ciertamente es necesario, pero los inmigrantes y sus familias tienen en mente objetivos que no son los mismos que los de aquellos franco-quebequenses de ideología nacionalista. Los inmigrantes, muy legítimamente, quieren progresar ellos mismos y sus hijos, y para ello, gústele a no a algunos quebequenses que parecen no haber salido nunca de esta provincia, el aprendizaje del inglés es importante, como es—en el caso de los hijos de los hispanoparlantes—el retener el uso y conocimiento del idioma español (en los hechos el español es después del inglés y el chino mandarín, el tercer idioma más hablado en el mundo, con mayor presencia en el Internet y las redes sociales; lo que—en términos objetivos—le da incluso una mayor importancia internacional como lengua de uso en el comercio que el francés, que es quinto después del portugués en términos de presencia internacional, saber español puede por tanto ser un punto a favor para un muchacho o muchacha buscando trabajo en alguna empresa). Y en relación a esto no deja de haber cierta hipocresía también: nosotros sabemos que la mayoría de esas mismas elites québécoises que durante la exhibición de La langue à terre aplaudían sus afirmaciones, por otro lado han tomado buen cuidado de aprender inglés y preocuparse de que sus hijos también lo hagan. Pero claro está, preferirían que los hijos de los inmigrantes no lo hicieran, ¿revelan con ello que lo que quieren es mano de obra barata?

 De cualquier modo, ver La langue à terre es de alguna manera una buena cosa y habla bien del Festival de Filmes del Mundo al dar la posibilidad de discutir un tema (como también lo hacen otros filmes en relación a otros problemas en el mundo) y de rebatir también las afirmaciones más grotescas que se hacen en el film, como la que hace uno de los entrevistados que es presentado como escritor, aunque no mayormente conocido, y que en un momento incluso critica que haya servicios en inglés como en la educación y la salud, afirmando que todo debería ser sólo en francés. Bueno, al oír eso hay que respirar hondo, me parece estar escuchando al general Pinochet en el país de origen de quien escribe estas líneas, porque eso ciertamente no es otra cosa que fascismo, como fanatismo pueril es lo que plantea un tal Biz de un grupo de rock que dice que jamás habla inglés en Montreal. Give me a break! Esa es una soberana tontería que afortunadamente no es compartida por la inmensa mayoría de québécois y québécoises de muy buena onda con quien este cronista tiene la oportunidad de compartir cada día en el supermercado, el restaurante o la boletería del metro y que en más de treinta años aquí rara vez ha tenido problema en ser atendido cortésmente en la lengua inglesa, no porque quiera provocar a nadie sino porque como muchos inmigrantes esa fue la lengua que manejó primero y con la cual se maneja más confortablemente (y que por supuesto, cuando encuentra que la persona que atiende al otro lado, posiblemente alguien del interior de la provincia, no se siente cómodo en inglés; operando con el mismo principio de cortesía no tiene problema en cambiar a la lengua francesa, este cronista es trilingüe). Estos son los principios de tolerancia y buena voluntad a los que—afortunadamente—la mayoría de los québécois en Montreal adhiere, lejos de la paranoia cultural, la inseguridad lingüística y hasta cierto complejo de inferioridad, que los autores de este film quieren instalar en las mentes de los québécois, que creo que afortunadamente no conseguirán, lo que hará de La langue à terre una simple curiosidad fílmica sin mayor valor ni como cine ni como propuesta política.

 La langue à terre, se exhibe nuevamente en el Festival de Filmes del Mundo el sábado 31 de agosto a las 16:40 hrs. en el Quartier Latin 9

13.6.13

El HOMBRE DE ACERO: EL MITO VUELA NUEVAMENTE

Comentario de Sergio Martínez

Desde la antigüedad los mitos han sido contados una y otra vez. Siguiendo esa tradición Man of Steel (Hombre de acero) dirigido por Zack Snyder pone en la pantalla una narración actualizada  de los orígenes de Superman conservando la idea básica pero introduciendo algunas importantes variaciones—un golpe militar dirigido por el general Zod poco antes de la destrucción del planeta Kriptón—y recurriendo extensamente a los efectos visuales que por lo demás encajan bien en el formato 3D del film. Superman es por cierto uno de los más grandes mitos de la cultura popular norteamericana, el primer relato de su origen se hace en el número uno de la revista de historietas Action Comics de junio de 1938. La misma historia fue recontada en la serial de los años 40 y posteriormente en la exitosa versión de 1978 que dirigió Richard Donner y que marcó el debut de Christopher Reeve en el rol del súper héroe.

Ahora al evaluar esta nueva versión de los orígenes de Superman uno debe enfocar dos aspectos principales: cómo se presenta el mito en términos de la trama misma, la capacidad de la narrativa de introducir al espectador en la película, y cómo la historia se concreta en términos de la actuación, fotografía, efectos visuales, música, etc.

En relación al primer aspecto aunque las bases de la historia están allí, en Man of Steel hay más énfasis sobre las dificultades que Superman (Henry Cavill) enfrenta como alguien que ha crecido en la ficticia Villachica, y que enfrenta también el riesgo de ser discriminado por sus extraños poderes. En su etapa infantil (Cooper Timberline lo encarna a la edad de 9 años y Dylan Sprayberry lo hace cuando tiene 13) Clark Kent ya ha experimentado situaciones complicadas y sus padres adoptivos Jonathan Kent (Kevin Costner) y Martha (Diane Lane) quieren protegerlo de quienes pudieran verlo como “bicho raro”. De algún modo este es un comentario sobre las actitudes prejuiciadas que la mayoría de los estadounidenses tienen en relación a quienes son o actúan de manera diferente. Hay sin embargo un aspecto que aquí es casi por completo abandonado, el de la secreta doble identidad Clark Kent-Superman, en los hechos Lois Lane (Amy Adams) conoce el secreto, esto le roba a la historia uno de sus elementos semi-cómicos: Clark Kent el reportero que oculta su otro yo por el simple expediente de llevar anteojos.

La ya mencionada variación de la historia aunque de alguna manera cambia las circunstancias de la destrucción de Kriptón, por otro lado se transforma en un aspecto esencial de la trama, ya que ello desencadenará un conflicto de proporciones épicas, cuando el general Zod (Michael Shannon) y sus seguidores, en especial su lugarteniente Faora (Antjie Traue) desciendan sobre la Tierra para exigir que le entreguen a Kal-El (el nombre dado a Superman-Clark Kent en su nativo Kriptón) e intenten cumplir una misión que pondrá a Superman en un difícil dilema.

Henry Cavill encarna el mítico súper héroe
En cuanto al segundo aspecto, Man of Steel es una convincente película de acción, el despliegue gráfico de la destrucción de Kriptón y especialmente las escenas de combate entre Superman y sus enemigos son impresionantes y realistas, lo que la filmación en 3D acentúa aun más. El británico Cavill por otro lado, presenta un interesante perfil de Superman, diferente de la imagen más lúdica que ofrecieron Reeve o Brandon Routh, que encarnaron al personaje en filmes anteriores. Cavill, el primer no-estadounidense en representar al emblemático súper héroe, le da un carácter más enrabiado y fiero al personaje. Amy Adams en el rol de Lois Lane sin embargo no logra darle al personaje las características inquisitivas y la temeridad casi irresponsable que le dio Margot Kidder en las primeras películas, una lástima considerando que Amy Adams es en verdad una actriz talentosa, pero en este caso su rol es muchas veces un agregado, alguien “que tenía que estar allí” pero que no añade gran cosa. Además—aunque esto puede
Michael Shannon como el villano, el general Zod
ser efecto de la 3D—la actriz ni siquiera aparece muy atractiva y hasta pareciera haber ganado peso. Otro aspecto que uno echa de menos: falta una música incidental como la que creara tan brillantemente el compositor John Williams para la versión de 1978. En contraste, la música que para este film compuso Hans Zimmer es totalmente olvidable.

Man of Steel es una película que a pesar de las dudas respecto de las variaciones introducidas a la historia original, es una adecuada manera de introducir a las nuevas generaciones a este clásico de la cultura popular norteamericana, especialmente por el buen despliegue visual; en cuanto a las generaciones mayores, esta versión vale la pena verla por lo que decíamos al comienzo: siempre es interesante ver diferentes versiones de un viejo mito.

Duración: 148 minutos